A pastar con las vacas
Está próximo a llegar el mes de junio. Antaño coincidían los deseos de los padres, maestros y niños. Hoy no.
Con la llegada de junio daba comienzo la sesión matinal. Acontecimiento esperado por todos. Los maestros porque ya tenían toda la jornada de un tirón. Los alumnos porque el día se hacía más corto al no tener que ir por la tarde a la escuela. Los padres porque ya tenían a quien enviar con las vacas a pastar.
En Castrocalbón solíamos juntarnos para ir con las vacas, pues en cada casa había por lo menos una pareja de vacas de trabajo y otro animal de tiro:caballo, burro o mula. Durante este mes los del Barrio de Abajo iban para el Gatinal o para el Sagral de Abajo. Los del Barrio para el Prao Concejo y el Molino del Aceite. Los del Barrio de Jarambiel y el Valle íbamos para Valdelaperal, para Rifueyo y Huerga Cabañas. Los domingos ibamos todo el día para La Devesica, Lirba, o Valdañacio, generalmente. En cada tiempo se iba para un sitio determinado. Por ejemplo, después de segar con la guadaña los prados y las suertes de los prados comunales, se aprovechaban las astrojeras para el pasto.
Este trabajo de ayuda en casa lo haciamos de muy buen grado pues nos lo pasabamos fenomenal. A veces nos metiamos a jugar y nos olvidabamos de que las vacas se habian metido en algun trigal. Alguna riña del guarda siempre habia.
Eran muchas las actividades que se hacían mientras se cuidaban las vacas. Algunas de ellas hoy no estarían muy bien vistas, como la de cazar lagartos o ir a nidos de mocho (mochuelo9 o de gavilucho (aguilucho). La verdad es que los lagartos siempre los cazaban los mismos, los más atrevidos, y respecto de los mochos y los gaviluchos, en honor a la verdad, he de decir que yo nunca vi a nadie encontrar ninguno. Pero eso nos inducia a no tener miedo a internarnos en el monte, aunque no te gustaba que te dejaran solo.
El juego de la cocha
Un juego muy frecuente entre los chicos era el juego de "la cocha". Todos queríamos jugar a él pero sabíamos que el perdedor podía acabar llorando por los abusos de los mayores, aunque nunca pensabas que te podía ocurrir a tí. El juego de "la cocha" se parecía en su objetivo al golf, pero el desarrollo era mucho más difícil. Se hacía un hoyo de unos veinticinco centímetros de diámetro por quince de hondo en el suelo. A una distancia de varios pasos de ese agujero cada jugador marcaba su " chincre" -su casa- marcándolo con el tacón del zapato con varios giros. El objetivo del juego consiste en meter una pequeña piedra redonda en el agujero ayudado con un palo (como en el golf) Sería fácilo si no fuera porque el resto de los jugadores harán lo posible con sus palos para enviar la piedra tan lejos como puedan del agujero. Cuando está sufientemente alejada se dedican a cavar "carne" del "chincre" del que la lleva. Finalizado el juego cada uno tiene que tapar su agujero con la "carne" que ha podido juntar. Si no tuene sufiente, tiene que transportar la que necesite, cargándola en las espaldas. Esto provocaba que los mayores se pasasen con el cargado, pues a veces le empujaban para que se le cayese al suelo.
Las lecturas
A veces se jugaba entre los juncos al escondite. Otras veces, si hacía calor, nos poníamos a leer tebeos a la sombra de algún corral de obejas o de alguna encina. Entre los chicos abundaban muchos cómics hoy ya clásicos. Entonces no les llamábamos cómics, ni nada de eso. Algunos tenían cosidos aquellos que continuaban. Los "cuentos" favoritos eran muy variados y pasaban de mano en mano hasta leerlos todos. Había varios géneros: del oeste, de guerra, del espacio, históricos... Por nuestras manos pasaron las colecciones de Montana, Hazañas Bélicas, El Guerrero del Antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín, El Jabato y otras muchas, pero la estrella siempre fue El Capitán Trueno. Eeran historietas que luego nos servían para representar en otros juegos. El juego de las pistolas, el juego de las espadas... Todos teníamos a un héroe metido dentro.
Cuando fuimos creciendo aún seguíamos con nuestras vacas y con nuestras lecturas, aunque ya habíamos cambiado algo el repertorio: proliferaban las fotonovelas, las de Corín Tellado para los momentos sentimentales y las del oeste de Marcial Lafuente Estefanía o de El Coyote de José Mallorquí. Alguno acabó de aprendera leer en esta literatura.
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